Durante los últimos meses, una frase se repite en discursos oficiales, titulares y debates públicos: “la inflación está bajando”. Al mismo tiempo, una sensación domina la vida cotidiana de millones de argentinos: “todo sigue caro”.
Lejos de ser una contradicción, ambas afirmaciones pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Entender por qué ocurre esto es clave para analizar no solo el presente económico, sino también las posibilidades reales —y los límites— del modelo actual.
Este artículo busca explicar, con claridad y sin consignas, qué pasó desde la asunción de Javier Milei, por qué la inflación desacelera pero el bolsillo no mejora, si este esquema puede sostenerse sin crecimiento y qué errores históricos podrían volver a arruinar el ciclo.
El punto de partida: la devaluación y el shock inicial
Cuando Javier Milei asumió la presidencia, en diciembre de 2023, la economía argentina ya arrastraba una inflación anual superior al 200 %, precios distorsionados y un tipo de cambio oficial artificialmente atrasado.
Una de las primeras decisiones fue permitir una fuerte corrección del valor del peso, eliminando buena parte de los controles que mantenían al dólar oficial en niveles irreales.
El efecto fue inmediato: los precios pegaron un salto histórico. La inflación mensual de diciembre se ubicó en torno al 25 %, una de las más altas registradas en décadas. Ese dato no fue una anomalía estadística, sino la consecuencia directa de sincerar precios reprimidos durante años: alimentos, combustibles, tarifas, insumos importados y servicios.
Ese mes funciona como una bisagra. Desde allí se construye todo el relato posterior.
Inflación que baja no significa precios que bajan
Uno de los errores más comunes —y también más utilizados políticamente— es confundir inflación con nivel de precios.
La inflación mide la velocidad a la que suben los precios, no el nivel al que quedaron. Cuando se dice que la inflación baja, lo que está ocurriendo es que los precios aumentan más lento que antes, no que retrocedan.
Después del salto inicial, el ritmo de aumento comenzó a desacelerarse. Pasar de subas del 20 % mensual a cifras cercanas al 2 o 3 % es, estadísticamente, una mejora significativa. Sin embargo, el escalón al que llegaron los precios tras el shock quedó muy alto.
En otras palabras: la inflación baja, pero desde un piso elevado.
El efecto base y la percepción social
A esta dinámica se suma un fenómeno estadístico clave: el llamado efecto base.
Cuando se comparan precios actuales con meses que tuvieron aumentos excepcionales, la inflación interanual se reduce automáticamente, incluso si el costo de vida sigue siendo elevado.
Esto explica por qué los indicadores muestran una desaceleración clara, mientras la percepción social no mejora al mismo ritmo. No hay engaño matemático, pero sí una lectura incompleta si no se considera el contexto.
La sensación de encarecimiento persistente no es psicológica: es real. Los salarios, jubilaciones y transferencias sociales quedaron rezagados frente al salto inicial de precios y todavía no lograron recomponer poder adquisitivo.
Inflación baja con economía fría
Otro elemento central del modelo actual es el freno de la actividad económica.
El ajuste fiscal, la contracción monetaria y la fuerte caída del consumo interno generaron una economía notablemente más fría. Menos pesos circulando, menos crédito y menos demanda reducen la capacidad de los precios de seguir subiendo al ritmo previo.
Este mecanismo puede bajar la inflación, pero no es neutral: implica recesión, caída del empleo y deterioro del ingreso real. Es una estabilidad lograda más por enfriamiento que por expansión productiva.
¿Puede sostenerse inflación baja sin crecimiento?
La respuesta corta es: sí, pero solo por un tiempo.
El modelo actual se apoya en tres anclas:
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disciplina fiscal,
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restricción monetaria,
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y un nivel de actividad deprimido.
Mientras esas condiciones se mantengan, la inflación puede seguir contenida. El problema aparece cuando se analiza la sostenibilidad.
Sin crecimiento:
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los salarios no se recuperan,
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la recaudación se estanca,
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la inversión se posterga,
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y la presión social aumenta.
Históricamente, este tipo de esquemas tiende a agotarse: o reaparece la inflación por tensiones cambiarias y fiscales, o la estabilidad se vuelve socialmente inviable.
Los sectores que podrían cambiar la ecuación
Para que la inflación baja se transforme en mejora real, Argentina necesita crecimiento genuino.
Los sectores con mayor potencial son conocidos:
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Energía, especialmente Vaca Muerta, por su capacidad de generar dólares.
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Agroindustria, con mayor valor agregado y tecnología.
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Economía del conocimiento, que exporta servicios sin necesidad de infraestructura pesada.
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Minería, con litio y cobre como protagonistas.
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Turismo, intensivo en empleo y de impacto federal.
Ninguno de estos sectores, por sí solo, alcanza. El desafío es combinarlos con reglas estables, crédito, infraestructura y previsibilidad.
Los errores históricos que siempre arruinan el ciclo
Argentina ya estuvo muchas veces en esta encrucijada. Y casi siempre cayó en los mismos errores:
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Gastar antes de crecer.
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Atrasar el dólar para contener precios.
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Confundir consumo con desarrollo.
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Cambiar reglas cuando empiezan a entrar dólares.
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Usar endeudamiento para sostener gasto corriente.
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Patear costos políticos hasta que explotan.
El patrón se repite: entran dólares, se relajan las restricciones, se pierde competitividad, se agotan las reservas y sobreviene una nueva crisis.
La pregunta de fondo
La inflación puede bajar. El orden fiscal puede sostenerse. Los sectores productivos existen.
La verdadera incógnita no es técnica, sino política e institucional:
¿Puede Argentina sostener reglas responsables cuando las cosas empiezan a ir bien?
Si la respuesta vuelve a ser negativa, el ciclo se romperá otra vez.
Si esta vez es positiva, la inflación baja puede dejar de ser solo un dato y convertirse, finalmente, en bienestar real.

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