La desaceleración de la inflación no es confianza: es un dato, no un diagnóstico

 


 En la discusión económica argentina, la desaceleración de la inflación suele presentarse como una prueba de confianza y de cambio de rumbo. Sin embargo, esa lectura es, como mínimo, incompleta. La disminución en la velocidad del aumento de precios, tomada de forma aislada, no describe por sí sola el estado real de la economía ni confirma una recuperación en curso.

La inflación puede desacelerarse por múltiples razones que no necesariamente implican mejora estructural. Una economía con consumo deprimido, crédito restringido y salarios rezagados también puede mostrar una moderación en los precios. En esos casos, el dato refleja más un freno de la demanda que un fortalecimiento de la confianza.

El problema aparece cuando ese número mensual se transforma en argumento autosuficiente. Medido de manera única y aislada, deja de ser un indicador técnico para convertirse en parte de un relato. La economía no se evalúa por fotografías, sino por trayectorias.

Tras la devaluación inicial, los salarios reales quedaron fuertemente deteriorados. El shock cambiario se trasladó con rapidez a los precios, pero no tuvo una recomposición equivalente en los ingresos. El resultado es un escenario en el que amplios sectores ajustaron su consumo al mínimo indispensable.

Ese punto es central: el consumo no repunta. Y sin recuperación del consumo, difícilmente pueda hablarse de confianza. La confianza económica se expresa en decisiones concretas: familias que vuelven a gastar, empresas que invierten, empleo que se expande y crédito que reaparece.

Celebrar la desaceleración inflacionaria sin atender al nivel alcanzado por los precios y al deterioro del ingreso real implica confundir velocidad con bienestar. Los precios pueden subir más lento, pero desde un piso mucho más alto, mientras los salarios permanecen rezagados. En ese contexto, la mejora estadística convive con una economía cotidiana cada vez más restrictiva.

Controlar la inflación es indispensable para cualquier proceso de crecimiento sostenible. Pero no es una condición suficiente. Sin recomposición del salario real y sin señales claras de recuperación del consumo, la desaceleración inflacionaria es apenas un primer paso, no una prueba concluyente de éxito.

La discusión de fondo debería ser menos triunfalista y más honesta: ordenar precios es necesario, pero reconstruir confianza requiere algo más que un buen dato mensual. Requiere que la estabilidad empiece a sentirse en el bolsillo y en la vida cotidiana. Mientras eso no ocurra, la confianza seguirá siendo una consigna antes que una realidad.

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